"Lo fantástico se manifiesta como la irrupción de lo irracional en la economía del universo".
(Marcel Scheider)
"Lo que resulta especialmente fascinante del cine de terror, como género, es el modo que tiene de conducir al espectador hacia el inconsciente". (Phil Hardy)
"La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo". (H.P. Lovecraft, "El horror en la literatura")
La Real Academia Española de la Lengua define el vocablo "terror" como "miedo, espanto, pavor de un mal que amenaza o de un peligro que se teme".
Desde sus orígenes, el cine ha filmado el terror humano, tal vez con esa perversa sensación que retratara Michael Powell en El fotógrafo del miedo, ya que de alguna manera los espectadores participan del mismo morboso entusiasmo que el protagonista alucinado de la película.
Terror, pánico y miedo son conceptos que también se enraizan en la vida humana, adentrándose en sus aspectos más ocultos e incontrolables. Como ha escrito Julián Marías en "Imagen de la vida humana", "el inveterado materialismo de nuestros usos mentales nos hace considerar como real, primariamente, lo material frente a lo imaginario".
Sin embargo, esto no es siempre así. La vida humana, la de cada cual, no nos es dada hecha, sino que hay que hacerla continuamente y, por tanto, hay que imaginarla, literalmente, inventarla. Esta anticipación imaginativa de la realidad es un ingrediente esencial de la vida, ya que si se careciera de imaginación, la propia vida se extinguía.
El llamado fanta-terror engloba una amplia serie de películas que, a su vez se pueden dividir en fantasía, terror y ciencia-ficción. Los orígenes literarios del género de terror -que va más allá de los simples cuentos de miedo que han existido siempre en todas las culturas y civilizaciones - se remontan a los siglos XVIII y XIX, en concreto, a las novelas góticas de Mrs. Radcliffe, M.G. Lewis y Charles Maturin.
En el campo específico del cine, el género se puede determinar en torno a las siguientes coordenadas:
EL ARGUMENTO:
El cine fantástico, del que el terror y la ciencia ficción son sus más representativos géneros, no obedece a las leyes de la razón ni de la realidad. La historia trata un tema que va más allá de las convenciones del llamado realismo. Así aparecen relatos de ciencia-ficción, interpretaciones fantásticas de la realidad, monstruos, fenómenos inexplicables, cuentos de miedo, etc.
ESTILO Y LENGUAJE:
Aparte de su argumento, la película fantástica destaca por su peculiar lenguaje fílmico: encuadres, iluminación y diálogos. De este modo, dos obras maestras del calibre de Pandora y El holandés errante de Albert Lewin, o La noche del cazador de Charles Laughton, son películas de tono fantástico, en ocasiones casi fantasmagórico, pese a que sus argumentos, sobre todo el de la segunda, no lo sean en absoluto.
Para Juan Tébar: "el cine es ya, en sí mismo, fantástico. El retrato de unos fantasmas cuya vida - o cuya apariencia - quedó atrapada en los ojos del director como en los de un gato. Ese primer voyeur nos hace luego soñar sus mismos sueños. Perseguir la vida, descoyuntarla para hacerla cine..."
EL MIEDO
El cine de terror muestra en imágenes los matices de una sensación siempre inabarcable y muchas veces dramática: el miedo.
Según Ortega y Gasset, el equilibrio humano se rompe cuando un hombre "no sabe a qué atenerse". Todas nuestras funciones vitales, la razón y la búsqueda de la verdad, tratan de introducirnos a la explicación y comprensión de la realidad, y cuando algo extraño e inexplicable rompe los esquemas racionales conocidos, el resultado suele ser la inquietud; si la situación se lleva al extremo, aparece entonces el terror.
El género fantástico y de terror ha tenido que sufrir durante años la incomprensión de numerosos sectores de la crítica, mucho más abierta a cualquier experimento neorrealista que a la maravillosa experiencia de contemplar una gran película de género. No ha importado mucho, ya que la popularidad y expansión del terror carece de límites y continúa encantando a las nuevas generaciones con la misma intensidad que a los cinéfilos más veteranos. La gran cantidad de seguidores - casi siempre agrupados en diversas tendencias a veces antagónicas y con numerosas publicaciones especializadas, bien en formato de revista profesional o en fanzine - garantiza una continuidad a este tipo de obras que indagan en los aspectos más ocultos de la naturaleza humana.
Pocas definiciones más certeras que la que señala Paul Naschy, en uno de los mitos del terror: "El cine fantástico y terrorífico juega con las barreras del más allá, con las fronteras de la vida y de la muerte (...) entonces se comprende perfectamente la existencia de los clubs de fans, los fantásticos del género, los "fanzines", porque el cine fantástico posee un poder de evocación trágica fascinante, apela directamente a la transcendencia del individuo. Y, como todo hecho transcendente, genera mitos, y los mitos no conocen la muerte.
LA HISTORIA DEL GENERO
LA ÉPOCA MUDA
El origen primero del cine fantástico se remonta a los cortometrajes que realizara Georges Meliès a principios de siglo - Le manier du diable (1896) puede considerarse el primer film de terror de la historia -, sin embargo es el expresionismo alemán quien va a formar las bases estilísticas de lo que más tarde se conodería como género fantástico-terrorífico. Dos títulos resultan fundamentales en este aspecto: El Golem (Der Golem, 1914), de Henrik Galeen, del que se realizan varias versiones, y El gabinete del Dr. Caligari (Das kabinet des Dr. Caligari, 1919), dirigida por Robert Wiene.
El expresionismo se caracteriza por un barroquismo expresivo muy notable, así como por el gusto por el simbolismo y los temas macabros, siniestros y mórbidos. Su influencia en el cine norteamericano de los años 30 sería grande - el gran John Ford a la cabeza -, pero sobre todo caracterizó la producción de la Universal, la producción cinematográfica que con la llegada del sonoro habría de especializarse en el cine de terror.
El gabinete del Dr. Caligari cuenta la historia de un hombre con poderes extraños que se sirve del hipnotismo para que sus discípulos cometan toda clase de crímenes. La película mezcla ficción y realidad y su máximo interés reside en los alucinantes decorados, ominosos y terroríficos, donde parece que la sombra de la muerte acecha a cada paso.
Nosferatu, el vampiro (Nosferatu, eine symphonie des grauens, 1922), del gran Friedrich Wilhem Murnau, es, tal vez, la primera gran película de terror clásica, una adaptación de Drácula de Bram Stoker, que destaca por la creación de un clima opresivo donde la muerte puede casi respirarse y en la que, a pesar de la victoria final del amor y la luz, queda una sensación profunda de inquietud y desasosiego. Un verso de Novalis, en Himnos a la noche, sirve para caracterizar Nosferatu: "... pero indescifrada quedó la eterna noche".
En la misma línea pueden citarse también Haxan (La brujería a través de los tiempos, 1922), de Benjamin Chriestensen, y El hombre de las figuras de cera (Das wachsfigurenkabinett, 1924), de Paul Leni.
La inspiración literaria será decisiva a la hora de ir configurando las características del género, destacando las grandes aportaciones de Bram Stoker (Drácula), Mary Shelley (Frankenstein), los relatos de Arthur Conan Doyle, Robert Stevenson, etc. Los mitos de Drácula y Frankenstein se popularizan en versiones teatrales, desde donde pasan a la pantalla entre la curiosidad, el morbo y la indudable atracción popular.
En 1910 se filma el primer Frankenstein, dirigido por Searle Dawley y con producción de, nada menos, Thomas Alva Edison. El primer hombre-lobo data de 1913, The werewolf, dirigida por Henry McRae. El perro de los Baskerville, la gran novela de Conan Doyle, debuta en las pantallas en 1914 con una versión que dirige Rudolph Meinert (en 1915 habrá otra versión germana que firma Richard Oswald). Dr. Jekyll and Mr. Hyde es de 1920, dirigida por John H.Robertson, con un inolvidable protagonista: John Barrymore.
La época de los años 20 contempla la apoteosis del cine mudo, el género fantástico es más cultivado en Europa, si bien en Hollywood se cuenta con la presencia de Tod Browning, uno de los grandes hombres de la fantasía, cuyos primeros títulos son: El trío fantástico (The unholy three, 1925), con Lon Chaney, La casa del horror (London after night, 1927) y El palacio de las maravillas (The show, 1927).
Títulos a retener de este período son: Schatten (1923), de Arthur Robinson, un auténtico thriller de terror psicológico; las primeras versiones de Las manos de Orlac (Orlacs hände, 1924), que dirige Robert Wiene; El fantasma de la ópera (The phantom of the opera, 1925), realizada por Rupert Julian, con el gran Lon Chaney al frente del reparto; El estudiante de Praga (Des student von Prag, 1926), un clásico de Henrik Galeen, con Conrad Veidt y Werner Krauss; The magician (1926), de Rex Ingram, de nuevo con Lon Chaney, un film con varias escenas impactantes; Seven footprints to Satan (1929), de Benjamin Christensen, una película delirante de excepcional virtuosismo; y The last performance (1929), de Paul Fejos, con una inolvidable interpretación de Conrad Veidt en el personaje de un perverso hipnotizador.
LA ESCUELA ITALIANA DEL TERROR
El cine italiano de los años 50 y 60 se nutrió de numerosos géneros de imitación de Hollywood, alcanzando en ocasiones notables éxitos populares en medio de una casi unánime indiferencia crítica. Floreció el "peplum" o cine épico a la italiana - siguiendo la estela de la gran Cecil B. de Mille - a veces con la colaboración de ilustres veteranos americanos, como Rauol Walsh - Esther y el rey (Esther and the king, 1960) -, Jacques Tourneur - La batalla de Maratón (La battaglia di Maratona, 1959) o Robert Aldrich - Sodoma y Gomorra (Sodom and Gomorrah, 1962). Se desarrolló el spaghetti-westerm con el nombre emblemático de Sergio Leone y creció un cine de terror bastante interesante que solía encubrirse con seudónimos anglosajones ya que, como declaró una vez Riccardo Freda: "si un espectador veía una película de terror firmada por italianos, pensaba automáticamente que iba a ser muy mala".
La llamada, tal vez con exageración, escuela italiana de terror tiene dos nombres fundamentales, Riccardo Freda y Mario Bava, y un tercero en discordia, Antonio Margheretti, y un popular epígono como Darío Argento. Las mejores películas de Freda y Bava se encuentran a la altura de cualquier reputada gran obra del cine italiano.
RICARDO FREDA (Alejandría, Egipto, 1909)
Freda, que a veces empleó el pseudónimo anglosajón de Robert Hampton, tiene obras de interés en muchos géneros - recordemos Teodora (Teodora, l'emperatrice di Bisanzio, 1953) - y en el terror posee dos realizaciones del calibre de Lo spettro / Il fantasma (1963) y, sobre todo, L'orribile segreto del dottore Hichcock (1962), donde un médico célebre se convierte en amante necrófilo que inyecta droga a su mujer para que, catalíptica, se asemeje al estado de muerte, sin el cual el doctor no puede sentir amor. Freda sale airoso de tan difícil argumento, logrando un relato de terror gótico muy bien dosificado y que revela un talento fuera de lo común.
El escaso apoyo de la industria cinematográfica y también de los críticos relegó al director a la serie B e inferiores, pero en casi todas sus películas se percibe su excepcional talento de narrador y un gran amor al cine.
MARIO BAVA (San Remo, Italia, 1914 - Roma, 1980)
El caso de Bava fue similar. En 1960 había filmado La máscara del demonio (La maschera del demonio), poética historia de amor y posesiones diabólicas, llena de inventiva visual y en la que destacaba la fabulosa e inquietante presencia de Barbara Steele. Después vinieron obras estimables con el encanto de Terror en el espacio (Terrore nello spazio, 1965), que inspira Alien, de Ridley Scott; Las tres caras del miedo (L' tre volti della paura, 1963); Seis mujeres para el asesino (Sei donne per l'assassino, 1964); El diablo se lleva a los muertos (La casa dell'esorcismo, 1972), una alucinante y necrófila película protagonizada por Alida Valli, Elke Sommer, Sylva Koscina y Telly Savalas; Shock (Shock, 1977); Un hacha para la luna de miel (Il rosso segno della follia, 1969); Operazione Paura (1966); etc.
DARIO ARGENTO Y OTROS CULTIVADORES DEL "GIALLO"
La herencia de Riccardo Freda y Mario Bava fue recogida por algunos realizadores italianos que crearon lo que se denominó "giallo", un estilo peculiar de terror, muy efectista y con argumentos repletos de sorpresas y recovecos.
El tercer nombre del terror italiano es Antonio Margheretti - que suele firmar sus obras en el género como Anthony Dawson -. Su trabajo sigue de cerca las líneas de Freda y Bava, aunque nunca llegó a alcanzar sus niveles, entre otras razones porque los guiones que llevó a cabo fueron inferiores. Su película más famosa es La danza macabra (1963), inspirada en Edgar Allan Poe, y con la espléndida Barbara Steele de protagonista. En 1970, Margheretti filmó un remake con el título de La horrible noche del baile de los muertos (Nella stretta morsa del ragno), ahora con Michéle Mercier, Tony Franciosa y Klaus Kinsi en el reparto. Otro film interesante de este irregular director fue I lunghi capelli della morte (1964), de nuevo con Barbara Steele, y situada en el siglo XVI en un argumento con reminiscencias de La máscara del demonio.
En los años 70 surgen otros nombres, como Pupi Avati - La casa dalle finestre che ridono, 1976 -, Alberto de Martino - El anticristo (L'anticristo, 1974), con Mel Ferrer, Carla Gravina, Arthur Kennedy y Alida Valli -, Enzo Castellari, Umberto Lenzi - todos ellos artesanos especializados en el cine de género y que tienen ocasionales incursiones en la fantasía - y Lucio Fulci, uno de los más efectistas y populares gracias a su mezcla de horror, erotismo y suspense, destacando de su obra títulos como Una lagartija con piel de mujer (Una lucertola con la pelle di donna, 1970), con Florinda Bolkan; Zombie 2 (1979), una imitación gore de los famosos films de George A. Romero; Il gatto nero (1981), etc.
Mención especial merece Lamberto Bava, hijo de Mario, y que aprendió el oficio de su padre desde los tiempos de Terror en el espacio, donde actuó de ayudante de dirección. Lamberto ayudó a terminar Shock, el último largometraje de su padre, y comenzó una carrera propia, que incluye films de gran interés, como Macabro (1980), en el que la protagonista guarda en su casa la cabeza cortada de su amante, o La casa con la scala nel buio (1983).
Pero el rey indiscutible del giallo - y del género de terror en Italia - es Darío Argento (Roma, 1941 - ), antiguo crítico de cine y guionista. En sus créditos figura Hasta que llegó su hora (C'era una volta il West, 1968), de Sergio Leone, que logra dos espectaculares éxitos con sus dos primeras películas: El pájaro de las plumas de cristal (L'uccello dalle piume di cristallo, 1969) y El gato de las nueve colas (Il gatto a nove code, 1970), dos obras efectistas, de realización brillante, llenas de trampas argumentales pero con un atractivo indudable. Argento debe mucho a Mario Bava, pero también al spaghetti-western, ya que la coreografía de la violencia parece en ocasiones inspirada en las películas de Sergio Leone. Con el paso del tiempo Argento va introduciendo motivos gore en sus obras, como apreciamos en Rojo oscuro (Profondo rosso, 1975), Suspiria (Suspiria, 1977) e Inferno (Inferno, 1979). En 1993 rodó Trauma, pero su éxito ya no fue el mismo.
EL CINE DE TERROR CONTEMPORANEO
Con numerosas revistas especializadas - profesionales y fanzines -, con festivales exclusivos y con un número estimable de aficionados, el cine de terror, en los años 80 y 90 ha conocido una auténtica edad de oro, similar a la vivida en los años 30. Tal vez haya influido el vértigo de los cambios contemporáneos o la cercanía del nuevo milenio, pero la buena salud del género no ofrece ninguna duda.
La amplia producción de cine de terror, en estos años, se articula en torno a una serie de temas y motivos fácilmente identificables.
GORE TERROR
Se refiere al cine de extrema violencia y sangre, pero dentro de la ficción. No nos referimos aquí a la violencia real, esa que describre Paul Schrader en su impresionante.
El modelo fue doble, pero con un mismo autor, Wes Craven. Por un lado, The last house on the left (1972), y, por otro, la famosa La matanza de Texas (The Texas chainsaw massacre, 1974). Antes había gore, pero se limitaba a circuitos especializados. Gordon Lewis, asociado con Dave F. Friedman, rodó en 1963 Gore feast, película que puede considerarse como uno de los orígenes de este peculiar estilo. Dos décadas más tarde, los largometrajes de sangre, asesinatos, descuartizamientos y vísceras llenaban toda una parcela del cine de horror y agrupaban un número respetable de espectadores. Después llegarían los éxitos de Viernes 13 (Friday the 13th, 1980) , de Sean Cunningham; El asesino de Rose Mary (Rosemary's killer, 1981), de Joseph Zito o Cumpleaños mortal (Happy birthday to me, 1980), de J. Lee Thompson, con los excelentes Melisa Sue Anderson y Glenn Ford. El esquema es similar: asesinatos en serie cometidos en la persona de jóvenes y adolescentes.
Wes Craven logró su punto más alto con Pesadilla en Elm Street (A nightmare on Elm Street, 1984), que ofrece un interesante tratamiento de la relación sueño-realidad y que introduce un nuevo mito del terror: Freddy Krueger. Este malvado personaje, encarnado por Robert Englund, ha aparecido series sucesivas hasta llegar a La pesadilla final de Freddy (Freddy's dead: the final nightmare, 1991), de Rachel Talalay, rodada en 3-D. Craven es también autor de otros títulos estimables, como La serpiente y el arco iris (The serpent and the rainbow, 1987) y Shocker (1990).
Destaca también la serie Return of the living dead, cuya tercera parte, rodada en 1991 por Brian Yuzna, se estrenó en video con el título Mortal zombie. Su enloquecido argumento cuenta la historia de amor entre el hijo de un científico y su novia que, tras morir en un accidente, es resucitada convirtiéndose en una peligrosa y patética zombie.
Otro título muy conocido es Maniac (1980), de William Lustig -los asesinatos de un esquizofrénico -, lo mismo que El día de la madre (Mother's day, 1980), de Charles Kauffmann - ultraviolenta -, o El tren del terror (Terror train, 1979), de Roger Spottiswoode.
Una modalidad especial del gore es la cultivada en el cine de Hong-Kong, que ha llegado a crear todo un circuito de distribución de este tipo de films que casi siempre se estrenan directamente en video. Algunos de los títulos son muy explícitos: Gore en las calles o El dentista.
SATANISMO Y POSESIONES DIABOLICAS
Richard Donner aprovechando el éxito de El exorcista, logró en La profecía (The omen, 1976), una obra inquietante, con un clima terrorífico bastante logrado y superior a las efectista Posesión infernal (Evil 1982), de Sam Raimi, un curioso cineasta que ha logrado con Darkman (1990) su mejor obra y un efectivo homenaje al cine de la Universal. El éxito de La profecía propició dos continuaciones: La maldición de Damien (Damien: omen II, 1978) y El final de Damien (The final conflict, 1981), ambas dignas y correctas.
Con inspiración directa o indirecta en el tenebroso mundo de las posesiones satánicas o del entorno diabólico existen numerosas películas, la mayoría superficiales y efectistas; pueden citarse, no obstante, Lucifer (Fear no evil, 1981), de Frank La Loggia, insólita biografía del mismísimo diablo, y, en un estilo más tradicional, Los creyentes (The believers, 1986), incursión en el género de uno de los artífices del free cinema británico, John Schelessinger, y El mensajero del infierno (Hellbound, 1993), de Aaron Norris, con Chuck Norris y la atractiva Sheree J. Wilson, con acción y apariciones diabólicas. El diablo aparece también encarnado por Robert de Niro, bajo el nombre de Louis Cypher, en el indiscutible film de Alan Parker El corazón del ángel (Angel heart, 1987). Ninguno de estos títulos, sin embargo, iguala a la producción española El caminante (1978), de Jacinto Molina, donde Paul Naschy encarna de manera convincente a Satanás bajo una figura humana y en un viaje por el mundo de los seres humanos.

La chica zombi, infaltable en el cine de terror actual
MITOS CLASICOS
La licantropía, en diversas formas, inspiró a Joe Dante Aullidos (The howling, 1980), a John Landis en Un hombre-lobo americano en Londres (An american werewolf in London, 1982) y Neil Jordan, autor de En compañía de lobos (The company of wolves, 1984), un original cuento de miedo bastante atractivo. El tema aparecerá también en Lobos humanos (Wolfen, 1980), de Michael Wadleigh, que, al igual que los títulos anteriores, cuenta con unos espeluznantes efectos especiales, sobre todo en las transformaciones de los personajes en lobos.
Mike Nichols filmó una versión clásica de la leyenda, Lobo (Wolf, 1995), con Jack Nicholson y Michelle Pfeiffer, en tanto que Paul Naschy encarnó a su mítico Waldemar en dos nuevos títulos: La bestia y la espada mágica (1983) y Licántropo (1996), mucho mejor la primera que la segunda.
Los monstruos clásicos de Drácula y Frankenstein también conocieron versiones modernas. En 1979, John Badham presentaba un interesante Drácula con Frank Langella, y en 1991 llegaba la superproducción de Francis Ford Coppola, Drácula, con Gary Oldman y Anthony Hopkins, barroca hasta el delirio, irregular pero sin duda fascinante. Interesantes son también las derivaciones del vampirismo, que es utilizado libremente por Tony Scott en El ansia (The hunger, 1983), una auténtica orgía de imágenes llamativas, o por Joel Schumacher en The lost boys (1989), que mezca vampiros, bandas juveniles y cine adolescente.
Kenneth Brannagh, especialista en Shakespeare, se atrevió con una nueva versión de Frankenstein, en apariencia fiel a la novela, y con Robert De Niri en el papel de la criatura. La desmesura perjudicaría no poco los interesantes resultados finales.
En cuanto a la momia, resucitó de nuevo en El despertar (The awakening, 1980), realización de Mike Newell sobre texto original de Bram Stoker y cuyo máximo aliciente es la presencia del gran Charlton Heston. Homenajes a la gran herencia clásica son las obras de David Lynch (Terciopelo Azul 1986), film genuinamente fantástico e inclasificable - John Carpenter - La niebla (The fog, 1980) - y Ridley Scott, autor de Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979), mezcla de terror clásico y ciencia-ficción, una de las mejores aportaciones al género en los últimos años donde, por una vez, el efecto de choque aparecía perfectamente integrado en una acción coherente y calculada: la amenaza de unos seres extraños en una nave espacial. La continuación, Aliens: el regreso (Aliens, 1986), de James Cameron, conservó notable calidad e interés, lo mismo que las dos posteriores, sobre todo Alien: resurrection (1997), con Winona Ryder acompañando a Sigourney Weaver.
SECUELAS Y "REMAKES"
Cada film de éxito - El exorcista, La profecía, La noche de Halloween, Pesadilla en Elm Street, Viernes 13... - tuvo varias continuaciones, lo que prueba la falta de imaginación de muchos de los nuevos creadores del género. Más interés tuvieron algunas actualizaciones de clásicos, como La cosa (The thing, 1982), a cargo de John Carpenter; El beso de la pantera (Cat people, 1982), de Paul Schrader; La invasión de los ultracuerpos (The invasion of the body snatchers), que hizo en 1978 Philip Kauffmann; o El pueblo de los malditos (1996), de John Carpenter.
FANTASMAS Y APARICIONES
La más célebre película sobre este tema es Poltergeist (1984), de Tobe Hooper, una producción de Steven Spielberg que combina con acierto la fantasía infantil del autor de E.T. con el efecto espectacular del hombre que realizara La matanza de Texas. No es una obra maestra, pero su éxito fue inmenso.
También destaca A chinese ghost story, película japonesa de cierta originalidad, pero no demasiado conocida. Otros títulos populares fueron Terror en Amytville (The Amytville horror, 1979), con varias continuaciones y variable interés; Phantasma (Phantasm, 1979), de Don Coscarelli, cuya frase de lanzamiento fue: "Si esta película no le aterroriza, es que está usted muerto"; la serie House, que conoció varias continuaciones; y en una línea de comedia, Ghostbusters, de Ivan Reitmann, y Casper, encantadora película infantil sobre fantasmas benévolos.
STEPHEN KING
King es uno de los novelistas más populares de los últimos veinte años y el rey indiscutible del género en su vertiente literaria. Las narraciones de Stephen King casi forman un género propio, y van desde La zona muerta (The dead zone, 1983), filmada por David Cronenberg, a la inquietante El resplandor (The shining, 1980), un film de Stanley Kubrick con instantes de auténtico terror y que ha mejorado con el paso del tiempo.
Otros títulos son: Salem's Lot (1979); Los chicos del maíz (Children of the corn, 1984); Sonánbulos (1978) - interesante y subvalorada -; la famosa Carrie (1979), de Brian de Palma; Christine (1982), de John Carpenter - un automóvil maligno -; Cujo (1983), de Lewis Teague - un perro San Bernardo inquietante y maléfico -; Creepshow (1982), de George A. Romero - colección de historias breves -
En 1991, Fraser Heston, - hijo de Charlton -, uno de los directores americanos más prometedores de estos años, presenta La tienda (Needful things), con Max Von Sydow, otra adaptación del prolífico Stephen King, hombre que sin duda posee en su imaginación la llave de la fantasía y el miedo.
El único rival de Stephen King es el novelista y ocasional director Clive Barker, autor de una trilogía titulada Hellraiser - la primera película data de 1987 - sobre temas demoníacos y con una realización extremadamente efectista y rayando el gore.
TERROR PSICOLOGICO
Oscila entre las historias de psicópatas - el actor británico Donald Pleasance ha sido uno de los que mejor ha dado vida a las mismas en los últimos años - hasta la mencionada y fascinante El resplandor, de Kubrick, repleta de momentos absolutamente inquietantes. En 1991 Jonathan Demme acometió la adaptación de la novela El silencio de los inocentes, de Thomas Harris, bajo el título de The silence of the lambs (El silencio de los corderos), una apasionante introspección en los lados más oscuros de la mente humana y con dos sensacionales protagonistas: Anthony Hopkins y Jodie Foster. Aunque es un thiller psicológico, varias de sus secuencias remiten directamente al horror en su sentido más puro y clásico.
En 1994, el especialista John Carpenter dirigió la inquietante En la boca del miedo (In the mouth of madness), un estudio sobre la imaginación y la locura, con inspiración directa de Lovecraft y con un clima muy conseguido. Sam Neill fue el protagonista y en el reparto aparece en un papel especial Charlton Heston.
ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE
El australiano Peter Weir, antes de instalarse en Estados Unidos, rodó en su país algunas películas encuadrables en el género fantástico. Una de ellas, La última ola (The last wave, 1979), entra directamente en el campo del terror y, en cualquier caso, es un largometraje de extrañar imágenes y de una fascinación que hace recordar al gran Jacques Tourneur.
Por su parte, Larry Cohen, autor de la insólita La serpiente voladora (Q, the winged serpent, 1982), es un inteligente realizador de cine fantástico de "serie B"; a él se debe una angustiosa trilogía sobre unos bebés asesinos que encubre una reflexión sobre las fronteras del derecho a la vida, con condena incluída del aborto. La mejor de las tres es la primera, Estoy vivo (It's alive, 1975), de inquietante terror.
También como director de fuerte personalidad hay que citar a David Cronenberg, especialista en ciencia-ficción y fantástico, que ha tratado siempre de dotar a sus obras de una visión del mundo personal e identificable. Bajo su firma se encuentran Shivers (1975), Cromosoma 3 (The brood, 1979), Videodrome (1982), La zona muerta (The dead zone, 1984), La mosca (The fly, 1986) -inteligente remake del clásico de Kurt Neumann-, Inseparables (1990) o Crash (1996). Su obra aparece entre lo más interesante del cine fantástico contemporáneo.
LOS LÍMITES DEL GENERO
Si el western entra en la misma línea que la aventura y el cine histórico tropieza con el Oeste, las aventuras o el melodrama, lo mismo sucede con el fantástico en su triple vertiente: fantasía pura, terror o ciencia ficción.
¿Dónde incluiríamos Psicosis o Los pájaros de Hitchcock? Alien es a la vez ciencia-ficción y terror, mientras que la magistral Invasion of the body snatchers (1956), de Don Siegel, es ciencia ficción, pero ¿acaso no roza lo inquietante y terrorífico? ¿Y una obra maestra del calibre de King Kong, hermosa y absolutamente inclasificable?
EL CINE DE TERROR EN LOS AÑOS 50
El género no parece atravesar un buen momento en el inicio de los años 50, ya que el eco de los viejos maestros se ha difuminado y el relevo tarda en aparecer. Las películas de terror abundan en la serie B - e inferiores - pero se echa en falta un estilo creativo audaz y nuevos mitos que mantengan firme el hálito de fantasía que este tipo de cine requiere.
En los años 50 triunfa el género de ciencia-ficción, algunos de cuyos títulos se han convertido hoy en clásicos, como Invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the body snatchers, 1956), de Don Siegel; Them (1958), de Gordon Douglas; The incredible shrinking man (1957), de Jack Arnold; o La guerra de los mundos (War of the worlds, 1953), de Byron Haskin.
Se realizan algunas películas interesantes, como la desconocida The strange door (1951), de Joseph Pevney, con Charles Laughton a la cabeza del reparto y una historia de terror gótico ambientada en el siglo XVII: The mad magician (1954), de John Brahm, con otro clásico en el reparto como Vicent Price, una historia cercana al argumento de Los crímenes del museo de cera (House of wax) de André De Toth y, como ésta, rodada en 3D; The undead (1956), primer film de terror del prolífico Roger Corman; I was a teenage werewolf (1957), de Gene Fowler, con Michael Landon, la más popular y mejor de la saga I was a teenage... ; Corridors of blood (1958), de Robert Day, con Boris Karloff y Christopher Lee, con mutilaciones varias en un hospital; Macabre (1957), el debut en el género de William Castle, un artesano experto en la serie B y en los films de más bajo presupuesto; Circus of horrors (1959), producción británica dirigida por Sidney Hayers, con Donald Pleasance; Ojos sin rostro (Les yeux sans visage, 1960), película francesa de Georges Franju, con Pierre Brasseur y Alida Vallien intentos de un médico por recuperar el rostro destrozado de su hija; The tingler (1959), de William Castle, con Vicent Price, tal vez la obra más famosa de su director, y que es una investigación sobre el carácter del miedo, en la que un científico dice haber localizado la sensación del terror en un lugar del cuerpo y no duda en experimentar su hallazgo con seres humanos; etc.
Sin embargo, será la aparición de la Hammer, la productora británica, la que vendrá a renovar de forma profunda y brillante el género fantástico y de terror.
LA RENOVACION DE LA HAMMER
Aunque la Hammer Films se constituyó en 1947 - y la primera película fue River patrol (1948), de Ben R. Hart -, sus orígenes se remotan a 1913, cuando el español Enrique Carreras compró su primera sala de cine en Hammersmith, un lugar de Londres.
James Carreras, su hijo Michael y Will Hinds comenzaron la aventura de la nueva productora, que en 1951 unió sus esfuerzos con la empresa americana de Robert Lippert. De este modo se garantizaba una distribución en los Estados Unidos.
El éxito y el camino a seguir llegaron en 1955, con la película El experimento del Doctor Quatermass (The Quatermass experiment), una afortunada combinación de ciencia-ficción y terror que dirigió Val Guest. Después vendría la resurrección de los clásicos - desde Drácula a Frankenstein, pasando por la momia, el hombre-lobo, Jekyll y Hyde y el perro de los Baskerville - y la conjunción de los talentos de hombres como Terence Fisher, Jimmy Sansgter, Christopher Lee y Peter Cushing. La década de los 60 sería fecunda en éxitos, pero con los 70 llegó la decadencia y la crisis financiera, lo que obligó a la Hammer a entrar en el mundo de la televisión. Finalmente desapareció, dejando tras de sí un recuerdo imborrable para todos los aficcionados al género.
Bela Lugosi, el vampiro más famoso
TERENCE FISHER (Londres, 1904 - 1980)
Fisher es uno de los grandes creadores del género fantástico y un director largos años subvalorado, pero cuya obra se cuenta entre lo mejor del cine europeo de los últimos cuarenta años. Había realizado ya veintiocho películas - su debut se produjo en 1942, con Colonel Bogey - cuando en 1957 la Hammer le encomienda La maldición de Frankenstein (The curse of Frankenstein).
He aquí un análisis sobre su magna obra en el género:
FRANKENSTEIN
Las películas de la Hammer se apartan casi tanto como James Whale de la obra original de Mary Shelley, que no tendría adaptaciones literarias hasta los años 80, sobre todo la versión de 1993 protagonizada por Randy Quaid, aunque deba reconocerse que la imagen de Boris Karloff, como el monstruo, continúa siendo emblemática para cualquier aficcionado. Terence Fisher, al contrario que la Universal, centra sus historias no en el monstruo, sino en el creador, el atormentado barón Frankenstein, magistralmente encarnado por Peter Cushing. Las dos primeras obras de la serie, La maldición de Frankenstein (1957) y La venganza de Frankenstein (1958), son las más clásicas y destacan por una espléndida utilización del color, además del retrato psicológico de su protagonista, un hombre dedicado a desentrañar los secretos de la vida. Las tres siguientes, cada vez más arriesgadas y originales, van indagando sobre los aspectos más ocultos y dramáticos de la naturaleza humana, en una progresión similar a la que sentiría Víctor Frankenstein a medida que se iba acercando a sus objetivos finales. Se trata de Frankenstein created woman (1966), sobre la sexualidad y sus perversiones; El cerebro de Frankenstein (Frankenstein must be destroyed, 1969), sobre transplantes de cerebro que hacen cambiar la identidad; para concluir en una insólita, sorprendente y alucinada Frankenstein and the monster from hell (1973), donde la influencia de Lovecraft se sobrepone al original literario.
DRACULA
La más célebre de las películas de la Hammer es Drácula (Horrror of Drácula, 1958), obra maestra estilizada y elegante, con una concepción geométrica de la puesta en escena que no hace palidecer, sino que resalta la fascinación de la historia, a la que no son ajenas las fabulosas interpretaciones de Peter Cushing - Van Helsing, el cazador de vampiros - y Christopher Lee, que introduce, además, un inusual atractivo erótico al papel del conde Drácula, convirtiéndole no en un monstruo lejano, sino en un ser atractivo, maligno, pero fascinante.
Las novias de Drácula (The brides of Dracula, 1963) y Drácula, príncipe de las tinieblas (Drácula, prince of darkness, 1965) fueron las otras dos sobresalientes aportaciones de Fisher al mito del vampiro.
Después de Fisher, el vampiro conocería algunas notables versiones, como la de Dan Curtis, de 1974, con Jack Palance; la original de John Badham, de 1979, con Frank Langelle y Laurence Olivier; y la famosa y espectacular de Francis Ford Coppola.
OTRAS APORTACIONES DE TERENCE FISHER
Fisher,absolutamente abocado al género, tocó todas sus variantes, hasta el punto de que un análisis sobre su obra constituye todo un recorrido por la temática del cine de terror. La dignidad en el tratamiento, la imaginería hábil y colorista, y la frecuente originalidad en las visiones de viejos clásicos fueron siempre notas características de su muy interesante obra. En ella aparecen La momia (The mummy, 1959), menos perfecta que otras películas suyas, pero siempre atractiva; The man who could cheat death (1959), sobre el tema de la eterna juventud; Las dos caras del doctor Jekyll (The two faces of Dr. Jekyll, 1960), donde Jekyll se transforma en un hombre seductor y no en el monstruo como venía siendo habitual; The curse of the werewolf (1961), sobre la licantropía, en la que Jose María Latorre encuentra afinidades con los extraordinarios relatos fantásticos de Gustavo Adolfo Bécquer; y las que, tal vez, sean las más interesantes de esta serie: The Gorgon (1964), sobre leyendas maléficas que dominan el presente y The devil rides out (1968), sobre satanismo, obra de inusitada seriedad, muy trabajada y un tanto ambigua en su presentación del bien contra el mal.
La obra de Terence Fisher permanece como una de las más completas, coherentes y geniales de toda la historia del género fantástico y de terror.
OTRAS PELICULAS HAMMER
Aparte de la extraordinaria aportación de Terence Fisher, que eclipsa al resto de la producción Hammer, y de la trilogía sobre las mujeres vampiro (The vampire lovers, Twins of evil y Lust for vampire), pueden reseñarse un buen puñado de títulos interesantes.
En un tono realista destaca A merced del odio (The nanny, 1965), de Seth Holt, rodada excepcionalmente en blanco y negro. Como homenaje al clasicismo de la Universal merecen citarse Las cicatrices de Drácula (The scars of Dracula, 1970), de Roy Ward Baker; The evil of Frankenstein (1964), de Freddie Francis; y Kronos (1973), de Brian Clemens, de nuevo sobre el tema del vampirismo.
Uno de los títulos más original es Dr. Jekyll y su hermana Hyde (Dr. Jekyll and sister Hyde, 1970), de Roy Baker, interesante variación del relato de Stevenson en el que, al ingerir la pócima, el protagonista se convierte en una atractiva mujer. También fueron populares las dos obras de John Gilling, El reptil (The reptile, 1966) y La plaga de los zombies (The plague of the zombies, 1966), bien rodadas y con argumentos interesantes.
Fredie Francis (1917), excepcional director de fotografía, se pasó a la realización probando suerte con algunos films dignos, como Paranoiac (1963), con Janette Scott y Oliver Reed - terror psicológico - ; Hysteria (1965), tema similar sobre un guión de Jimmy Sangster; y Drácula vuelve de la tumba (Dracula has risen from the grave, 1968), una obra menor pero no desprovista de interés y que se beneficia de la carismática presencia de Christopher Lee.
Roy Ward Baker es otro notable artesano que dedicó casi toda su carrera al género. Su mejor obra es la mencionada Dr. Jekyll y su hermana Hyde, pero en su filmografía no faltan otros títulos de interés, como The anniversary (1968) con Bette Davis en una historia de grandguignol, al estilo de las conocidas ¿Qué fue de Baby Jane? y Canción de cuna para un cadáver.
Michael Carreras, uno de los fundadores de la productora, también se sintió tentado por la dirección y no dudó en llevar a cabo personalmente varios de los proyectos. Entre ellos destaca Maniac (1963), de nuevo sobre un guión de Jimmy Sangster, y The curse of the mummy's tomb (1964), una incursión en el mundo de la momia.
A principios de los años 70, las productoras Hammer acentuaron el erotismo que desde el comienzo había sido una de sus notas distintivas. Así, se presentaron diversas variaciones sobre el vampirismo femenino, como The vampire lovers (1970), de Roy Ward Baker; Lust for vampire (1971), de Jimmy Sangster, el guionista principal de la productora que también ensayó el campo de la realización; Drácula y las mellizas (Twins of evil, 1971), de John Hough; o La condesa Drácula (Countess Dracula, 1971), de Peter Sasdy, con Ingrid Pitt en el papel de la condesa Elizabeth Nadasdy, que hacía asesinar a las jóvenes doncellas para bañarse en su sangre y mantener la juventud.
Hubo asimismo intentos de renovar el mito clásico de Drácula introduciendo al vampiro en el mundo contemporáneo, como en Drácula 73 (Dracula AD, 1973), de Alan Gibson, pero la decadencia era ya un hecho y se recurrió a la serie de televisión - Hammer's house of horrors - para mantener la nave de la producción.
La herencia de la Hammer es un legado de excepcional valor para cualquier buen aficcionado al género de la fantasía y el terror.
AMICUS Y TYBURN
Siguiendo la estela de la Hammer, surgieron en los años 60 y 70 otras productoras pequeñas que se especializaron en el cine de terror: ellas fueron la Amicus y la Tyburn. Su aportación debe mucho a la Hammer, con leves modificaciones que acentuaban la violencia, el erotismo o los ambientes contemporáneos.
Uno de los fundadores de Amicus fue Milton Subotsky, productor y guionista en 1960 de la interesante City of the dead (Horror Hotel), dirigida por John Moxley, con Patricia Jessel y Christopher Lee: su tema, el satanismo y la brujería.
Amicus se hizo popular por sus films de sketchs, que permitían una variedad de temas y actores en un intento de captar a todo tipo de aficcionados. Doctor Terror (Dr. Terror's house of horrors, 1964), de Freddie Francis, fue la primera y la mejor de la serie. Después vinieron las adaptaciones de los cuentos terroríficos de Robert Bloch, en películas como El jardín de la tortura (The torture garden, 1967), de Freddie Francis; The house that dripped blood (1970), de Peter Dufell; y Asylum (1971), de Roy Ward Baker - otra de las mejores -, con un segmento magnífico: Mannikins of horror, protagonizada por Herbert Lom.
En 1972, Amicus encarga a Freddie Francis la adaptación de varios relatos de William Gaines, y el resultado es la notable Condenados de ultratumba (Tales from the crypt), cuyo mejor sketch es el que protagoniza Peter Cushing: Poetic justice.
Aparte de los films de episodios, Amicus probó con largometrajes clásicos, obteniendo también buenos resultados. En 1965, Freddie Francis, su principal activo, rodó El psicópata (The psychopath), con guión de Robert Bloch inspirado en la famosa Psicosis; en 1969, Gordon Hessler presenta Scream and scream again, un film con reminiscencias de Fristz Lang - quien apreció mucho la obra - sobre un científico demente, que tiene el inmenso atractivo de reunir en el reparto a los tres máximos nombres del género después de Boris Karloff y Bela Lugosi: Christopher Lee, Cushing y Vicent Price; Roy Ward Baker, por su parte, es el responsable de Fengriffen (un episodio de... And now the screaming starts !), en 1974, donde una mano asesina, separada del cuerpo, busca la venganza de unos hechos que sucedieron años atrás: Peter Cushing y Herbert Lom encabezaron el reparto.
La Tyburn Pictures fue más modesta y nunca pudo llegar a competir con la Hammer o la Amicus. Su debut se produjo en 1973 con Persecution, de Don Chaffey, con Lana Turner en el papel de una madre demente y perversa que sigue los pasos de Bette Davis y Joan Crawford en ¿Qué fue de Baby Jane? The ghoul, en 1974, es el mejor film de la Tyburn, dirigido por Freddie Francis y protagonizado por Peter Cushing y John Hurt: el tema del canibalismo y la magia se unen en un argumento interesante, aunque la realización de Francis no está a la altura de otras suyas. El mismo Francis emprende a continuación el rodaje de Legend of the werewolf, aventura del hombre-lobo que no llega a cuajar y que está muy lejos de los films sobre licantropía que Paul Naschy hace por esas mismas fechas en España.
Y, para terminar, un film curioso, Nothing but the night, producido por la efímera Charlemagne - en el que intervenía Christopher Lee - y que es una variación sobre el tema de El pueblo de los malditos, que, sin alcanzar su categoría, es inquietante y con numerosas escenas de impacto. Junto a Lee intervinieron en el reparto Peter Cushing y Diana Dors, bajo la dirección de Peter Sasdy.
EL CINE DE TERROR DE UNIVERSAL
No deja de ser curioso como bien apunta Jack Lodge en su Hollywood, años 30, que aquellas cintas de la Universal en nuestros días sean fantásticas antes que terroríficas: "Aunque se ven todo tipo de escenas horripilantes no aterrorizan (...) producen ocasionalmente un estremecimiento placentero, sorprenden sin alarmar, divierten sin incomodar". Vistas 70 años después, la afirmación de Lodge es indiscutible. Las líneas que separan al cine de terror del fantástico y del de ciencia ficción son difusas. Dentro de nuestrp repertorio es frecuente ver incluidas películas como El doctor Frankenstein o El hombre invisible en las antologías dedicadas a lo mejor del cine de ciencia ficción. Ya en épocas más recientes, ¿en que género incluiríamos Alien, el octavo pasajero (1979), en el terror o en la ciencia ficción?
Bien es verdad que era la fantasía lo que buscaban los espectadores originales del terror de la Universal, aquellos desdichados que sufrían las consecuencias de la Gran Depresión desatada tras el Crack de Wall Street (1929), para huir de una realidad que les condenaba a la penuria y al desempleo. Fue así como, buscando ese placer inequívoco de la distacción, descubrieron otro más sutil y complejo: el espanto.
El miedo que se pasa en el cine, leyendo a Lovecraft o visitando las estampas más lúgrubes del museo de cera, es el ideal. Procura la excitación del temor - una emoción fuerte, que llena hasta tal punto nuestro ser que nos imposibilita para todo lo demás - pero nos mantiene a salvo de lo temido.
El terror de la Universal - en conjunto - descubrió para la pantalla ese deleite del espanto del que nos habla la poetisa inglesa Anna Laeticia Barbauld (1743-1825): "El delicioso placer que encontramos en los objetos que provocan auténtico pavor, cuando nuestra moralidad no está en juego y cuando la única pasión que vivimos es la aterradora experiencia del miedo, es una paradoja del corazón humano, aún de difícil solución. Hay que remarcar la ansiedad con que los relatos sobre aparecidos y demonios, aseinatos, terremotos, incendios y naufragios, y cualquier otra catástrofe que pueda afectar a la vida humana, son devorados por todos nosotros. Por mucho que críticos de refinado gusto las censuren por absurdas y extravagantes, las narraciones góticas siempre ejercerán una poderosa impresión en la mente e intereses de cualquier lector, con independencia de su gusto. De aquí que, cuanto más fantástica, salvaje y extraordinaria sea una escena de horror, mayor placer obtendremos de ella".
BALSAMO PARA UNA SITUACION SOCIAL
Estima Fernández Cuenca que las grandes escuelas de la "creación estética" surgen en las épocas de las grandes depresiones: "La novela picaresca española, uno de los géneros más ilustres de las letras hispanas, aparece cuando comienza la crisis del imperio español; la mística se enfrenta con la crisis espiritual suscitada por la Reforma luterana; la gran pintura del Renacimiento es consecuencia de la crisis agónica de la Edad Media"...
Aunque heredero de la narrativa romántica, el cine de terror - el de la Univeral, la RKO y el resto de los estudios que en menor medida y con menos tino lo produjeron a la sazón - es un resultado inequívoco de la tremenda crisis que asoló a los Estados Unidos a comienzos de los años 30 como unos meses antes lo habían sido los innumerables suicidios de los grandes financieros de Wall Street tras el Crack de la bolsa. Los poetas místicos - con Santa Teresa a la cabeza - cantan las glorias de Dios cuando la Reforma de Lutero acaba de provocar la mayor crisis que ha conocido la Iglesia en toda su historia. Por un procedimiento similar, cuando al norteamericano medio la realidad se le presenta se le presenta tan sombría como a Ann Darrow (Fay Wray) en King Kong (1933), al disponerse a robar una manzana, Hollywood - sin duda consciente de que un cine que refleje la difícil situación social que atraviesa el país puede pontenciarla - presenta los males de ultratumba. A la postre, las películas de terror - tan evocadoras en algunas de sus secuencias del sueño dispensado por el ácido lisérgico - fueron como un alucinógeno. A la larga, incluso actuaron como un bálsamo ante posibles revoluciones. Como la religión, fueron un opio para el pueblo.
MIEDOS DE UN TIEMPO
Pertenezca al género que pertenezca, una película siempre es una fiel representación de la sociedad que la ha rodado. Desde las más sublimes inquietudes de su época hasta los designios de la moda de entonces están presentes en ella. Decir tiempo es decir todo y cada época alumbra sus propios temores. El mad doctor es una sutil alusión a los mesías que afloraban en Europa - a ambos lados del espectro político - dispuestos a poner en peligro lo que fuera en favor de su nueva cosmovisión. Y el mad doctor, junto con la bella que grita ante el monstruo y el monstruo mismo, fue uno de los tres grandes prototipos modelados por el estudio.
Ni que decir tiene que los desempleados que acudían a ver El doctor Frankenstein, - como los que anteriormente habían dado cuenta de Las maldades del doctor Mabuse - no imaginaban en ambos facultativos una transposición ni de Hitler y sus diseñadores genéticos ni de Stalin y sus comisarios políticos. Entre otras cosas, no lo hacian porque la actividad criminal de estos dos tiranos todavia no era conocida. Fue la crítica especializada La que, después de haber visto lo visto en Hitler y en Stalin - y con esa lucidez que da el paso del tiempo, que lo encaja todo - señaló las similitudes entre el mad doctor y el dictador.
Más acertado se antoja suponer que el temor aludido en el cine de terror de los años 30 es un espanto presentido, pero desconocido aún. Un peligro que se cernía sobre el mundo entero y que, pocos años después, habría de poner en marcha las carnicerías más grandes concebidas por la humanidad: las guerras que estallaron en aquella década. Unas matanzas, de las que aún no se sabía, que convierten en minucias las atrocidades del Vlad Dracul, el empalador. El monstruo ya no era el Kaiser, como lo fuera en las cintas bélicas de la pantalla silente. Estaba por llegar la Guerra Fría, cuyo supuesto holocausto atómico inspiraría la práctica totalidad del cine de ciencia ficción de los años 50 y 60. El temor simbolizado en las películas de terror de los años 30 era un horror desconocido que gravitaba en el ambiente, como en cualquier otro periodo histórico en que el descontento social sea el protagonista; como en los pueblos de los Cárpatos la maldición del vampiro, como se apodera el miedo de los que saben del licántropo durante las noches de luna llena.
LA CENSURA
Siempre en la linde de la bienamada serie B, el cine de terror, por esta triste suerte verificada en el refrán que reza aquello de que el hambre agudiza el ingenio, ha obligado a sus realizadores - a los dotados, huelga decir - a desarrollar una imaginación mayor que si hubieran gozado de los grandes presupuestos habituales en otros géneros.
Si cabe, esa limitada libertad de expresión de la que goza el cineasta fantástico, en las cintas del género producidas a lo largo de los años 30, con las de la Universal a la cabeza, fue aun mayor. Corrían entonces los días en que los rigores del Código Hays - una de las censuras más férreas que ha conocido la pantalla estadounidense - se empezaron a hacer notar. Así, Georges Sadoul, de quien no se puede decir que fuera un aficionado al género, apunta en su Historia del cine mundial: "A partir de 1935, la Legión de la Decencia, fundada a requerimiento del Papa por los obispos norteamericanos, desató una violenta campaña que llevó a la aplicación rigurosa del Código. El gánster se hizo moralizador. Al lado de ciertas pistolas ametralladoras había una Biblia. Los desfiles de bellas muchachas fueron reducidos, así como sus desnudos y la duración de sus besos. Se transformó el erotismo en fetichismo, sustituyendo el sex appeal por la pin-up girl".
Como la censura y los códigos no se aplicaron contra los films de terror, cuyos tipos fueron Frankenstein y Drácula, el género se repitió en seguida, con su hermano de los efectos especiales (King Kong, El hombre invisible). Y Hollywood, aprovechando la libertad del diálogo, se orientó más que nunca hacia el repertorio.
Los más lúcidos de sus detractores, acusan a las cintas de terror de que su encanto es más literario que visual. El repertorio, como tan graciosamente lo llama Sadoul, es heredero de una tradición literaria muy arraigada entre el lector anglosajón que pasa por autores como Edgar Allan Poe, Mary Shelley, Robert Louis Stevenson y algunos otros que cuentan entre lo mejor de la literatura en lengua inglesa de todos los tiempos.
En medio de ese festín del cine fantástico que fueron los años 30, fue el ciclo de la Universal el que sentó las bases del cine de terror, género que ha sobrevivido al western, al slapstick, al musical, al peplum y demás delicias de las pantallas de antaño, que desgaraciadamente hoy carecen de interés para el público y los productores. Bien es cierto que si la novela gótica se llama gótica es porque suele estar ambientada en castillos de esta arquitectura, pero fue la Universal el estudio que impuso los cánones sobre la iluminación de tan siniestras edificaciones. Ahora, ante el auge del cine de terror al que asistimos en nuestro principio de siglo, cumple recordar que fue la Universal el artífice de la trinidad de abobinaciones que preside el género: Drácula, el monstruo de Frankenstein y el hombre-lobo. Respecto a este ultimo, cabe decir que, prácticamente, fue una creación de la casa. Salvo algunos relatos: Capitán de lobos de Alejandro Dumas, El lobo blanco de las montañas Hartz de Frederick Marryat, etc. , su trdición literaria, aunque se remonta a la antigüedad clásica (Herodoto habla de los licántropos en base a las transformaciones sufridas por los neuros - habitantes de una región de Escitia - en Los nueve libros de Historia, IV), no había calado en el acervo popular como la del vampiro ni en la mitología común como Frankenstein.
La producción de la Hammer, es otra delicia para los amantes del género, es heredera directa del ciclo de la Universal. En esas impagables adaptaciones de Poe realizadas por Roger Corman - otra referencia obligada para el buen aficionado- también se percibe la impronta del estudio de Carl Laemmle. Y todavía es ahora, cuando el moderno cine de terror, el gore, aparentemente tan alejado del estudio que nos ocupa, es también heredero de él. Así, el médico de Reanimator es un claro descendiente de los mad doctors (doctores locos) de la Universal. Más aún, el mismísimo Samuel Raimi, uno de los mayores representantes del gore, se proclamó un rendido admirador del ciclo de la Universal en Darkman (1990), un homenaje a - o variación de - El fantasma de la Ópera (1925).
La mecánica del terror de la Universal, la del expresionismo alemán en que se inspiraba y la del pavor mismo, es la sugerencia. Se teme a las formas que tememos atisbar en la oscuridad, a los monstruos que imaginamos al acecho en las grutas, a la "doncella de hierro" abierta... En la insinuación, en lo desconocido, estriban algunos de los temores más poderosos. En las insinuaciones y en las alusiones sigue radicando el magnetismo de unas producciones ya septuagenarias.
Lon Chaney Jr. en su papel más memorable como Larry Talbot el hombre lobo
ARQUEOLOGIA DEL GENERO
Desde la perspectiva de nuestros días, la única excepción, la única película capaz de helar la sangre a sus espectadores de cuantas producciones de terror conociera el género en la tercera década de la centuria pasada - su edad de oro -, es La parada de los monstruos. Dirigida por el gran Tod Browning en 1932, fue, para mayor paradoja, producida por la Metro Goldwyn Mayer. Pero eso, sin dudar por ello en ningún momento de una obra maestra sin fisuras como lo es la cinta de Browning, se sostiene porque ahora es la única que nos sigue dando miedo.
A decir verdad - como veremos más adelante - la primera película que consiguió que los espectadores gritaran fue El fantasma de la Ópera (Ruper Julian, 1925), La primera producción de la Universal de terror propiamente dicha. Posteriormente, The Magidan (Rex Ingran, 1926) y Garras humanas, dirigida por el gran Browning en el 27, también provocaron mucho escalofrío. Pero son algo así como la arqueología del género. Con anterioridad a estas producciones, la gente iba a ver las películas de miedo para reírse .A buen seguro que las carcajadas de muchos de ellos -como las de tantos que desprecian ahora este cine - obedecían a ese temor - valga la redundancia - que sienten muchos al dejarse llevar por los placeres del miedo.
PORTICO DEL TERROR
Con anterioridad al paquete de la Universal, el respetable - merced a la incipiente filmografía del género a ambos lados del Atlántico, de las fronteras alemanas y del canon del expresionismo - ya había visto cine de miedo. Vayan como ejemplos el primer Frankenstein (Searle Dawley, 1910), primer licántropo The werewolf (Henry McRae, 1913) o la primera adaptación de La caída de La casa Usher, rodada en Francia en 1927 por Jean Epstein. Pero la Universal es el pórtico del género. Con Las cintas de terror que produce el estudio de Carl Laemmle en los años 30 empezaron a chirriar las puertas con toda la inquietud que dicho sonido sugiere. Por seguir con las paradojas, en las primeras películas de miedo sonoras se descubrió el desasosiego que puede producir el silencio. Fue entonces cuando las bellas empezaron a gritar pérseguidas por las bestias. Cíertamente, el más famoso de aquellos alaridos, el pronunciado por Fay Wray al caer en manos de King Kong, fue obra de la. RKO, pero fue la Universal la productora que mejor utilizó las posibilidades que el sonido ofrecia al cine de terror y esas sugerencias que son la esencia del terror mismo.
Todo ello tuvo lugar cuando moría una manifestación artistica sin haber llegado a desarrollar todas sus posibilidades -la pantalla silente - para dar paso a un arte nuevo: el cine que conocemos en nuestros días. Ante esa coyuntura, el estudio de los Laemmle jugó un papel determinante en el desarrollo del lenguaje cinematográfico. Varios de los recursos del cine de terror son un invento de la Universal. Vayan como ejemplo las tormentas de EL doctor Frankenstein o el frac del conde en Drácula (1931), atuendo que, aun habiéndose convertido en el uniforme oficial del vampiro, no guarda ninguna relación ni con el conde Orlock de Murnau ni con el descrito por Stoker en su celebrada novela.
"Cabe preguntarse si es que el cine de terror necesitaba del sonido para triunfar, si es que la voz completaba la definición del vampiro o el monstruo de Frankensteín debería emitir sonidos inarticulados para conmover de veras a los espectadores, o si los ambientes siniestros exigían el chirriar de puertas y eL ulular del viento para estremecer del todo y a todos. En 1931, cuando comienza la edad de oro del terror, ya el cine americano en su integridad era sonoro. Y los temas que pasaron inadvertidos o con escasa aceptación en la pantalla muda, superaban Los mayores optimismos en la parlante. Me parece un dato digno de tenerse en cuenta", sostiene Fernández Cuenca.
TINIEBLAS ROMANTICAS
Los argumentos de Edgar Allan Poe - "deidad y fuente de toda ficción diabólica moderna" en palabras de Lovecraft- fueron determinantes en aquella factoría de delicias. Sin embargo, no hay ni uno de los distintos títulos del maestro de Boston adaptados que reproduzca con la más mínima fidelidad su argumento. En la cinta que se dice basada en El cuervo, dirigida por Louis Friedlander en 1935, no hay nada de esa región "extraña, espectral, situada, sublime, más allá del Tiempo y el Espacio" a la que se refiere el poeta.
Aún se puede dar noticia de otra paradoja: más que de esa gran tradición de la literatura de terror anglosajona - como cabía esperar a tenor de su interés por Mary Shelley, Bram Stoker y el ya citado Poe -, el cine de terror en la Universal. como el heredero del expresionismo alemán que es, tiene ciertas concomitancias con los miedos que nos suscitan Hoffman y las leyendas germanas. Por decirlo de un modo ilustrativo: viene a contarnos Drácula a la manera de los hermanos Grimm. La tradición espectral germana, que Lovecraft singulariza en Hoffman, en palabras del creador de los mitos de Cthulhu, "evoca más lo grotesco que lo terrible". A este respecto, un asunto de El doctor Frankenstein viene a ser un ejemplo meridiano. Lo terrible para Mary Shelley - autora de la novela original, como todos sabemos- es que el moderno Prometeo, creado por el doctor Frankenstein, padezca por ser un humanoide formado con cadáveres y despreciado por los humanos. En la adaptación de la Universal, los padecimientos del engendro son un asunto secundario. Tienen más importancia los tornillos que parecen sujetarle la cabeza al cuello, el espléndido maquillaje del monstruo y, por supuesto, el odio irrefrenable que inspira en la gente.